Hay momentos en los que la vida te pone frente a algo que no puedes resolver trabajando más, haciendo mejores planes o buscando otra estrategia.
Hace unos meses me tocó a mí.
Recibí un diagnóstico muy difícil y un pronóstico que me obligó a mirar muchas cosas de otra manera. Los médicos empezaron a hacer su parte y yo, además de seguir mi tratamiento, empecé otro trabajo conmigo: revisar mi vida, perdonarme, soltar, cambiar cosas mías, cuidarme a mí misma y apoyarme profundamente en mi fe.
Hoy las cosas son muy diferentes a aquel primer pronóstico, tan diferentes que mi caso será compartido con otros médicos en un congreso.Yo lo vivo como un milagro. Porque mi fe ha sido parte fundamental de este camino y también de todo lo que ha cambiado en mí.
Y quizá por eso no he podido evitar llevar todo esto a algo que durante tantos años he vivido en el mundo empresarial.
Durante años he acompañado a empresarios a revisar procesos, corregir hábitos y cambiar aquello que no está dando resultado. Esta vez me tocó hacerlo conmigo, porque muchas veces queremos que cambien los resultados, el mercado, nuestro equipo, los clientes o las circunstancias, sin preguntarnos qué necesitamos cambiar nosotros.
No todo depende de nosotros, pero aun frente a aquello que no podemos controlar, siempre podemos decidir cómo vivirlo, qué aprender y en quién queremos convertirnos durante el camino.
Yo estaba haciendo un trabajo profundo por dentro y quizá esa ha sido una de las lecciones más importantes de mi vida: antes de querer cambiar nuestros resultados, vale la pena preguntarnos qué necesitamos cambiar nosotros.
Y tú, ¿qué estás queriendo cambiar afuera que quizá tendría que empezar por ti?


